viernes, 20 de abril de 2012

Para todos la luz, para todos todo

Cuando me senté cerré el libro de Galeano. Nos habían dicho que si veíamos conductas agresivas, de un machismo exacervado, no dijeramos nada.

Escuché una discusión afuera y me acerqué a ver. Le habían sacado la cresta a una mujer en el terminal. Quedamos helados con el Matías y el Jordi, pero el ambiente seguía como si nada hubiese pasado.

Salí afuera y entraba más gente a la micro, mientras que el techo se llenaba de sacos de harina, cajones con tomates, mochilas y más sacos de harina. Y es que éste era el único medio de transporte que tenían las comunidades indígenas de Alto Bío-Bío: un bus que pasaba una vez al día. Donde las probabilidades de quedarse en pana eran de un ochenta por ciento.

Después supe que le habían sacado la chucha a la mujer por un lápiz pasta. Estaba roto en el suelo con bencina. Lo recogí y me lo guardé al bolsillo.

Subí de nuevo al bus y le cedimos los asientos a tres familias con niños chicos.

Miré hacia el último asiento y me sonríeron. Con unos ojos negros potentes y una vestimenta decorada con muchos colores floreados había una señora mayor de edad que me saludaba con su mirada. Al lado, su nieta. Ambas hablando en el idioma del silencio. En el idioma vivo de la tierra en que vivía. Que había sido callado por los marcianos y por nosotros. Los güincas.

Con la micro llena, apretados -y un par de gallinas- iniciamos un viaje que duraría aproximadamente seis horas.

El polvo que respiraba me mareaba. Nos miraban a todos con curiosidad y se reían.

En el camino se subieron dos güincas más. Un Opus Dei que estudiaba Derecho y su amigo buena onda. Iban a subir el volcán Copahue.

Se sentía incómodo y nos ofreció alcohol gel.

No, muchas gracias. Prefería seguir oliendo polvo que protegerme con el gel de la modernidad. Me daban unas ganas increíbles de meterle conversa a los que estaban en la micro, saber dónde vivían, cómo vivían, qué hacían, contarles lo que hacía, en la sociedad acelerada de la que me escapé por quince días, sin conocer a nadie y con ganas de irme a la chucha. Con una mochila y una pala.

No pude. No sabía cómo.

Después de seis horas me pude sentar. A dormir un poco, ya que desde Santiago a Los Ángeles pude dormir media hora.

Estábamos llegando, subiendo cerros con cascadas y ríos cristalinos. Parando cada cinco minutos para bajar los sacos del techo.

Me puse los audífonos y el celular empezó a cantar el Manifiesto Zapatista.

No morirá la flor de la palabra/ podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy/ pero la palabra que vino desde el fondo de la historia y de la tierra ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder.

Nosotros nacimos de la noche/ pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche/ para quienes se niega el día/ Para todos la luz. Para todos todo.

Me despertaron a la hora después. Habíamos llegado a Butalelbún.

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