En enero pasé por Los Ángeles (Chile) con un grupo de siete desconocidos y un cura jesuita. Amanecía y empezaba a caminar la ciudad con el sol, el ruido de los colectivos y las bicicletas oxidadas.
Caminamos al terminar rural. Ocho treinta y dos. El bus partía a las dos y media.
Berni, ¿vamos a conocer Los Ángeles? -le dije a mi compañera de asiento con la que habíamos compartido algunas historias de universitarios excitados por el movimiento estudiantil y la acumulación de contradicciones.
Le pedimos dos zanahorias a una señora que vendía verduras. Las regaló.
Para que se acuerden que los del sur tratamos bien al santiagüino -nos dijo con una cara no santiagüina.
Se hicieron las dos y cuarto. Y en el último andén estaba nuestro bus.
No era un bus.
Dejen las cosas allá arriba no más -nos decía el ayudante del chofer.
Pusimos nuestras mochilas y herramientas arriba de la micro. Me subí y abrí un libro de Galeano.
Éramos los únicos que hablábamos español.
Todos los demás hablaban mapudungún.
viernes, 20 de abril de 2012
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