domingo, 27 de marzo de 2011

¡Oye, déjate de molestar!

Algo que me emputece del metro es la legitimación social espontánea de conductas que se construyen espontáneamente.

Ya perdí la cuenta de las veces que discuto en el metro. No puedo aguantar ver a gente que aplica mode-sleep al tocar su trasero con un asiento del tren. O que se sientan a la ventana del pack de cuatro asientos que hay en los vagones, sacando un libro que les tapa la visualsolidaria -excepto en el paisaje de lineas fugacez del túnel- y se hacen los desentendidos cuando hay una mujer embarazada al frente de ellos.

Me da lo mismo si reacciono de mala gana. Me empelota.

Hace un par de meses (en realidad hartos más por que ya ni escribo) leía llegando a Tobalaba a Salazar sobre Diego Portales. Piñera queda chico. Y Salazar: un genio.

Se abrieron las puertas y empezó el pastor a gritarles a las ovejas que hoy era el mismo lunes de todos los días. Caminando en medio del rebaño y viendo a lo lejos la voz de los guardias que simbólicamente nos ladraban como Border Collie, ví a un ciudadano que llevaba a su hijo en silla de ruedas.

Desconfiando un poco de mi ingenuidad cívica, me adelanté y esperé con mi espalda apoyada en la muralla al lado del ascensor para discapacitados.

Obvio. Llegó una ráfaga de viejasmultibolsas, que tenían la habilidad para caminar rápido y acomodar sus bolsas Hites, Zara y Johnsons en la entrada del ascensor y esperar a que se abrieran las puertas, para no caminar hasta las escaleras mecánicas y llegar más rápido al cambio de linea.

Se abrieron las puertas y apretadamente en cinco segundos estaban listas para subir al menos uno. Mientras que los únicos que no pudieron entrar eran tres: el Papá, el hijo discapacitado y su silla de ruedas.

Pocas veces me dá la hueá de increpar en espacios públicos a la gente. Pero cada vez va en alza. Quizás termine detenido nuevamente este año por abrir la boca cuando me corresponde.

Señoras, van a tener que dejar entrar a este niño que está en silla de ruedas -les hablé en un tono fuerte para que se percataran las otras ovejas que subían a las ochoymedia de la mañana. Había puesto mi pie en la puerta para que no se cerrara el ascensor.

Nadie me contestó.

¡Ya pues, como no se van a bajar! -les volvía a insistir tratando de nunca quedar como el hueón loco que se sale de lo cotidiano.

Ninguna cómoda señoramultibolsa me respondió. Veía ahora como una señora al fondo apretaba el botón de las flechas juntas "> <" reiteradamente.

Se estaban cerrando las puertas de nuevo y me emputecí. (este puntoaparte lo teclié fuerte)

Le pegué una patada por el costado a la puerta que se cerraba y se volvió a abrir. Ahora las cómodas ciudadanas me miraban con cara de miedo.

¿Cómo son tan inconscientes? ¿Es que acaso no ven que este niño no puede subir las escaleras y ustedes sí? -les gritaba con voz fuerte y grave.

Es que yo tengo un problema a la columna, estoy en tratamiento -se atrevió a responderme una.

¡Pero señora, usted llegó caminando como no tiene consideración! ¡Que alguien se baje ahora!

El pito del ascensor llevaba ladrando varios segundos. La situación, que en el contexto no superaba el minuto, se volvía cada vez más tensa.

Mijo, no se preocupe, ya me subo en el otro -me tomaba del hombro el papá.

Es que no puedo tolerar esto -le contestaba con el pito todavía sonando y mi pierna estirada en la puerta abierta del ascensor.

Oye, déjate de molestar po' -me gritó el niño en silla de ruedas, moviendo su brazo en señal de "no sigai huebeando".

Sentí en pausa el momento, como la vez que me asaltaron en octavo básico y me quedé helado. Me apretaba la garganta y le hice cariño al niño en el pelo mientras el papá lo retaba.

País de mierda -les dije, masticando cada letra a las viejas y a sus bolsas de multitienda mientras se cerraban las puertas del ascensor y volvía todo a la normalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario