
Una noche de primavera lo dejaron en la puerta de una oficina del Estado. Era un recién nacido y el país estaba bajo la bohemia de los carretes colores sepia con blanco y negro. Lo dejaron ahí, en Compañía con Bandera; solo, en un canasto y con el retrato de su mamá en un marco de fotos dorado.
Creció viendo a personas de camisacorbatapantalón entrando y saliendo. A él le apasionaba saber lo que pasaba. Entró a estudiar periodismo pero no resaltaba; estaba ahí.
Y su vida siempre fue así; estar ahí.
Tuvo su amor, su primer beso, su primera vez. Fue su último amor, su último beso y su última vez.
Era una joven secretaria, que siempre veía pasar por Agustinas cuando iba a comprar El Mercurio en la mañana. Mirada inteligente, a paso firme y cuerpo inseguro. Se vestía igual que todas, una falda que le tapaba las rodillas, cudrille y una camisa que le sobraba espacio para dejar en suspenso sus pechos un poco caídos. Era una polilla hermosa; una mariposa para él. Pensó que si le preguntaba la hora y le decía que la había visto antes en algún Boliche de alguna calle rara conocída podría hablarle un poco.
Buenos días señorita, ¿tiene hora que me diga? -se sacó su sombrero mostrando su peinado con gomina.
Si, son las diez y un cuarto -le respondió un poco asustada.
Pensó que todo iba a acabarse ahí, en un segundo estaba jugándose la vida, lo que no le habían dado los diarios ni menos su máquina de escribir.
Disculpeme, pero me parece que la he visto antes -le dijo tartamudeando.
Parece que yo también lo he visto -le dijo sin mirarlo.
Un café cortado en el centro, un almuerzo, una cena en Huérfanos, una noche con ella y el olor al perfume francés de la mujer del centro. Sudor, movimiento y amor.
Se llamaba Iris. Llegó el golpe y nunca más la vió. Penso que si no hubieran llegado los milicos podría haber tenido familia, una casa más arriba de Plaza Italia y vivir acompañado de hijos a los cuales podría educar.
Pasó mucho tiempo mal, jamás volvió a ver el amor; y se transformó en un viejo más de izquierda. Y trabajaba, en una oficina donde archivaba casos judiciales que no importaban mucho.
Pasaron los años; tiene una pieza en una galería del Centro. Tercer piso subiendo por el asensor de fierros verdes. Cuando termina de trabajar, con La Segunda en la mano, se sienta en la Plaza de Armas, mirando a los que juegan ajedrez, a los humoristas sin sentido y a los peruanos que pasan en los locales de llamados.
Piensa en el mundo, en silencio. Todo en silencio.
Carretea en el Café Haití, donde conoce ya a todas las que atienden; son muy jóvenes.
Y vuelve a su casa, después de haberle dado de comer a las palomas que siempre lo saludan en la mañana por la ventana de su pieza.
Llega solo, abre la puerta y respira. Cada vez le cuesta un poco más. Respira sintiendo el olor a humedad, a diarios con colonia Flaño.
Tiene muchos papeles; es su album familiar. Diarios, libros y papeles amarillos con letra de máquina de escribir.
Se toma un baño, la manilla de la ducha suena fuerte; el gasfiter se lo cagó y a veces se baña con agua helada. Se cambia de ropa y camina a su cama tropezando con la pelela amarilla gastada. Mira el retrato de su mamá, quien joven no lo pudo criar. Se crió en el Centro, ese centro que lo deja vivir, al modo de los viejos oficinistas del centro.
Y duerme, con una cruz arriba de su cama café, pensando en que todos los días son Lunes.
Es en serio??
ResponderEliminarprimero me demore 2 horas completas en abrir el condenado blog y hoy me demore 2 horas mas en tratar de pillar la forma de carga un enlace y nada.. NADAAA!
y tu.. infeliz.. cargas hasta hasta audio relatando el cuento ! x3
injusto es poco decir..
Buena historia .. me gusto (Y)
=)
Me ha gustado mucho la historia y cómo la cuentas.
ResponderEliminarEs curioso porque estaba curioseando en tu blog (por un comentario en una página amiga que llamó mi atención) y cuando volví al mío me habías visitado. Esas casualidades
Aunque algunos textos que te he leído me cuesta entenderlos (vivo en Chile, pero soy española y bastante mayor que tú), me gusta cómo escribes.
Andaré por aquí
Un abrazo